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¿Por qué el concierto de Juan Gabriel en Bellas Artes fue tan apoteósico como polémico?: el escándalo, explicado

Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero
Escena del documental de Netflix Juan Gabriel: Debo, puedo y quieroCortesía: Netflix

“Cuando uno se va, lo que se queda es lo que dio”. Esa frase, hoy convertida en emblema del legado de Juan Gabriel, y que promueve su nuevo documental en Netflix, Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero, cobra nuevo sentido al recordar uno de los momentos más controversiales de su carrera: su presentación en el Palacio de Bellas Artes, el 9 de mayo de 1990, una noche que cambió para siempre la relación entre la cultura popular y la alta cultura en México.

El llamado “templo máximo de las artes” abrió sus puertas al Divo de Juárez en la cúspide de su fama, acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por el maestro Enrique Patrón de Rueda, con arreglos sinfónicos del maestro Eduardo Magallanes. El recital unió la canción popular con la música de concierto en una velada que, si bien se convirtió en un fenómeno mediático, también despertó una tormenta de críticas.

Las voces que se oponían

En 1990, buena parte de la comunidad artística y académica consideraba casi una ofensa permitir que un artista de música popular se presentara en el recinto más prestigioso de México. Algunos críticos (principalmente de los diarios y revistas de Cultura) acusaron al Instituto Nacional de Bellas Artes de “profanar” su escenario con un espectáculo masivo.

Los sectores más conservadores de la cultura nacional expresaron su rechazo a través de columnas de opinión, cartas y debates televisivos, argumentando que el Palacio debía reservarse para ópera, ballet o música clásica, no para canciones que sonaban en la radio y los palenques.

La polémica también tuvo tintes de clase y prejuicio: Juan Gabriel representaba a las multitudes, a lo popular, a lo que muchos intelectuales aún consideraban “ajeno” al canon cultural. Como recordaron cronistas de la época, hubo quien llegó a describir la función como una “contaminación del espacio cultural por la cultura de masas”.

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Las voces que lo defendieron

Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero
Escena del documental de Netflix Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero Cortesía: Netflix

Del otro lado, el ensayista mexicano Carlos Monsiváis encabezó las voces que defendieron con entusiasmo la presencia del Divo de Juárez en Bellas Artes. El célebre cronista escribió en la revista Proceso que aquel concierto era una “apoteosis de los nuevos tiempos culturales”, una reconciliación entre el arte culto y el pueblo. Monsiváis sostenía que negar el acceso de Juan Gabriel a ese escenario equivalía a negar el valor artístico de la emoción popular.

También el entonces funcionario cultural Víctor Flores Olea, una de las figuras clave para autorizar la presentación, y principalmente: Rafael Tovar y de Teresa como director general del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), dieron su aprobación para que el cantante, en el pico de su popularidad, se presentara en Bellas Artes. Ambos coincidían en la necesidad de abrir los espacios oficiales a expresiones populares de alto valor artístico.

Los promotores directos del concierto fueron, tanto la oficina de Juan Gabriel como el maestro Eduardo Magallanes quienes gestionaron y presentaron el proyecto final al INBA.

Según reportes de la época, parte de las ganancias del concierto se destinó a apoyar a la propia Orquesta Sinfónica Nacional, como una manera de unir mundos que hasta entonces permanecían separados.

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Cuánto costaban los boletos, breve crónica

Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero
Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero Cortesía: Netflix

Cuando uno nace en México. Crece en México. No hay más remedio que uno esté irremediablemente bajo la influencia de las transmisiones de El Chavo del 8, Siempre en Domingo con Raúl Velasco y los éxitos de baladas corta venas en la radio que se repetían una y otra vez como disco rayado en los pocos medios de comunicación que heredábamos de la década de los 80.

En ese México tradicionalista, paternalista, ferviente adorador de la Virgen de Guadalupe, pocos jóvenes encontrábamos refugio en la música de Depeche Mode, The Cure, U2 y los más veteranos: David Bowie o Peter Gabriel. Pero ni el más rebelde, nadie, absolutamente nadie, podía escapar de que su madre o la abuelita pusiera sus discos de Rocío Dúrcal, Lucha Villa, Angélica María o el mismísimo Juan Gabriel una tarde de fin de semana. Por consiguiente, el rechazo a esas melodías pegajosas era casi inmediato.

Pero en mis primeros años como aprendiz de periodista, también me encontré con una de las grandes reivindicaciones de la música popular mexicana y verlo en vivo, presenciar ese concierto en Bellas Artes, cambió para siempre mi perspectiva de Juan Gabriel.

Mis jefes me habían enviado a la explanada a intentar captar el “color” del concierto de Juanga. No había mucho qué sacar. La gente que acudía a Bellas Artes eran personas bien vestidas, que lucían sus joyas, sus mejores galas y abrigos de pieles. No era algo raro. Solo los “pudientes” podían acceder a ese sitio. Los boletos, según la crónica de Monsiváis en Proceso, oscilaban “entre los $70 a los $300 mil pesos, sin contar la reventa” (algo así como entre $4 mil y los $16 mil dólares, al cambio de hoy).

Cuando encontré a Monsiváis en la explanada y le pregunté su opinión sobre la actuación de Juanga en Bellas Artes me dijo: “Mira, esta es mi opinión”, al tiempo que señalaba a una multitud que se aprestaba a ingresar al recinto.

Cuando estaba a punto de irme a la redacción para dejar mi nota de color, en una de esas grandes casualidades de la vida, encontré a un amigo de una compañera de la Universidad. Me vio, preguntó qué hacía ahí y me dijo: ‘¿Quieres entrar?’. Lo único que contesté fue: “No tengo boleto”. Sacó uno de su saco. Era su boleto y me lo regaló. Entré corriendo y mi lugar era en el punto más alto del teatro.

¿Cuál crees que es la mejor canción de Juan Gabriel?

Durante más de dos horas el intérprete ofreció un repertorio que incluyó Amor eterno, Querida, Hasta que te conocí y No tengo dinero. Las ovaciones rompieron el protocolo habitual de Bellas Artes y convirtieron la solemnidad en celebración colectiva. Mis ojos no daban crédito de cómo las señoras de sacos carísimos de pieles se quitaban sus collares y pañuelos para darles vueltas al aire y bailar al ritmo de Debo hacerlo todo, por amor.

El concierto reunió a grandes figuras de la vida pública, entre ellas la Primera Dama Cecilia Occelli de Salinas, además de artistas, periodistas y diplomáticos. Juan Gabriel estuvo acompañado por el Mariachi Arriba Juárez, además de los músicos de la orquesta, en una puesta en escena que combinó su característico dramatismo con la majestuosidad del recinto.

El resultado fue un éxito rotundo: Bellas Artes cantó y bailó, el concierto fue grabado y editado en un álbum histórico, Juan Gabriel en el Palacio de Bellas Artes, y las imágenes del Divo dirigiéndose al público desde el escenario se volvieron parte del imaginario cultural mexicano.

Después de ese momento entendí por qué mi madre, cuando mi hermana menor perdió sus boletos para ver a Juanga, fue a la comisaría a levantar un acta de robo. Con esa acta logró entrar con mi papá para ver el show de su ídolo en las larguísimas temporadas que El Divo de Juárez hacía en los centros nocturnos mexicanos.

La repercusión de su rebeldía

La noche de Bellas Artes redefinió lo que podía significar ser un artista popular en México. Lo que para algunos fue un acto de rebeldía, terminó siendo un punto de inflexión: después de Juan Gabriel, otros artistas populares, como Lola Beltrán y Armando Manzanero, también pudieron presentarse en el recinto.

Tres décadas después, la polémica se ha transformado en homenaje. Este fin de semana, el concierto será proyectado en la Plancha del Zócalo capitalino, como parte del lanzamiento del documental de Netflix Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero, que rescata imágenes inéditas del archivo personal del artista y reflexiona sobre su legado.

Así, el espíritu de aquel hombre que desafió etiquetas y prejuicios vuelve a llenar el aire de la Ciudad de México. Porque como él mismo dijo, “cuando uno se va, lo que se queda es lo que dio”.

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