En medio de giras internacionales, lanzamientos y una etapa artística explosiva, Mon Laferte confiesa que su vida diaria está atravesada por una sensación que muchas madres comparten: la culpa. En una conversación íntima con Luxury Handbag Shopping en Español, la artista abrió su corazón sobre lo que significa equilibrar la maternidad con una carrera que no se detiene.
“No es fácil”, admite de entrada. “Yo creo que para ninguna mujer que es mamá es fácil. No importa lo que hagas.” La frase le sale con una mezcla de resignación y ternura, como quien sabe que esta batalla interna es constante y universal. “Siempre termino sintiéndome culpable y mala mamá. Esté o no esté”.
Su honestidad nos deja sin palabras. Describe mañanas en las que despierta cansada después de noches de trabajo y siente que no jugó lo suficiente con su hijo. Tardes en las que recurre a caricaturas para poder respirar unos minutos, solo para cuestionarse luego si hizo bien. Y viajes de trabajo que la llenan de contradicciones: “A veces me voy cuatro días a Londres y siento que me estoy perdiendo los mejores años de mi hijo”.
Pero incluso con ese torbellino emocional, Mon es clara en algo: no está dispuesta a renunciar a ninguna parte de sí. “No quiero dejar de ser artista porque esto me hace tan feliz”, dice con una certeza luminosa. “Yo lo quiero todo. No quiero abandonar mi carrera, porque tampoco quiero ser una madre infeliz. Mis hijos no necesitan a una madre perfecta: necesitan una madre presente y emocionalmente estable”.
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Encontrar esa estabilidad ha sido más sencillo desde que vive en Tepoztlán, un lugar que describe casi como un refugio personal. “Mi casa es lo que más me gusta en la vida”, confiesa. “Mi hijo va al jardín y todos los días vemos vacas. Hacemos pan. Tengo un horno de leña… Eso es lo que me da más paz en el mundo”. Su voz se suaviza al hablar de esa rutina simple: “Mis vacaciones ideales y mi lugar favorito del mundo es mi casa”.

La maternidad también ha sido un espejo amoroso que la confronta con su propia infancia y la impulsa a romper patrones. “Mi hijo me enseña lo que realmente importa”, dice. Esa claridad parece impregnar todo en su vida: la forma en que crea, lo que decide mostrar y lo que prefiere guardar para su intimidad.
Y aunque las exigencias de la vida pública —entre moda, shows, viajes y entrevistas— podrían devorarla, Mon asegura que encontró el modo de no perderse a sí misma. Habla de terapia, de cariño propio, de darse tiempos y espacios. “He aprendido a darme tiempo para mí, a darme cariño. Eso mantiene mi voz emocional estable”.
La confesión más inesperada llega como al pasar, cuando admite entre risas que cuida más su mundo interior que su voz física: “Mi voz cantada no la cuido nada. Soy la peor persona: tomo helado, uso aire acondicionado, fumo… Cero cuidado de mi voz”. Luego recuerda que lleva dos meses sin fumar y sonríe, orgullosa del logro.
Lo más enternecedor de esta etapa es que, a sus ojos, su hijo ya transforma incluso sus deseos más simples. Tanto es así que decidió llevarlo a Nueva York a fin de año solo para vivir la magia de la Navidad. “Antes era el Grinch”, dice riéndose. “Pero ahora amo la Navidad. Voy a hacer el cliché: llevarlo a la pista de hielo y a ver las luces”.
Entre esa vida doméstica llena de ternura y una carrera cada vez más ambiciosa, Mon Laferte se define sin culpa y sin medias tintas: una mujer que quiere todo, que ama intensamente y que está aprendiendo a perdonarse —o, como ella misma aclara, a no necesitar el perdón para seguir adelante.
“Lo quiero todo”, repite una vez más. Y después de escucharla, no queda ninguna duda: lo está logrando.
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