La primera serie de Luis Estrada para Netflix, basada en la novela de Jorge Ibargüengoitia, cierra con un final tan lapidario como simbólico.
Desde los símbolos cargados de crítica política que se pueden ver en episodios clave de Las Muertas, hasta la profecía del semanario amarillista ¡Alarma!
En entrevista exclusiva con Us Weeekly en Español, el cineasta explicó algunos de los elementos más relevantes del desenlace y los símbolos que dejó abiertos a la interpretación del público.
Sigue leyendo para conocer qué quieren decir cada uno de los mensajes que Estrada quiso dar en su exitosa serie que ya se cuenta como la número uno en México y en el Top 10 a nivel mundial en el gigante de streaming.
1. El juicio como espectáculo (y el juego de la memoria)
El tramo final transcurre en un tribunal convertido en circo. La “verdad” se arma con testimonios que se contradicen y memorias interesadas: Eustiquio “Ticho” primero niega y luego admite órdenes; el capitán Bedoya justifica castigos “ejemplares”; Ticho confirma enterramientos por instrucciones de Serafina. La puesta en escena subraya que el proceso judicial se contamina por el morbo y la presión pública: el juez admite que había “más de 119 personas” sin razón en la sala y que la cobertura mediática exacerbó todo.
Estrada, fiel a su sátira, apunta a una verdad procesal moldeada por la necesidad de darle al público un relato contundente, no necesariamente exacto.
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2. Las reconstrucciones y el “grito del balcón”
Las recreaciones de los hechos con víctimas y acusadas llevan la teatralidad al límite: señalan el lugar donde cayeron mujeres, muestran varas de castigo, repiten trayectorias de fuga. Ahí cae la escena que Estrada describió como “tan terrible como una bofetada”: el grito desde el balcón del burdel. En pantalla, esa coreografía del horror expone la crueldad… y también la performatividad de la justicia: el Estado necesita “reconstruir” para creer, y la serie te muestra cómo esa reconstrucción también fabrica espectáculo, sin contar las “recreaciones” que propicia el reportero de la ¡Alarma! para tener la foto exacta a sus relatos exagerados.
3. Las sentencias: justicia… o guion de cierre

El juez dicta penas que buscan dar sensación de equilibrio (y escarmiento):
- Bedoya, 25 años (autor intelectual y cómplice);
- Juana Cornejo (La Calavera), 10 + 4 + 6 por homicidio, abortos clandestinos e irresponsabilidad;
- Teófilo, 20 años por dos homicidios;
- Eulalia, 15 años por facilitar un arma;
- Eustaquio “el Enterrador”, 12 años por inhumación ilegal y complicidad;
- “El Escalera”, 6 años por trata y delitos viales;
- “El Valiente Nicolás”, 6 años por intento de asesinato y usurpación;
- Simón Corona, 6 años por inhumación clandestina y asociación;
- Arcángela y Serafina Baladro, 35 años sin derecho a fianza por un rosario de delitos.
Y al final, después de la sentencia se lanza un enardecido “¡Viva México!” que antecede a una oración católica: el Credo que todos rezan al unísono.
La liturgia de fichas, giros de cuerpo y órdenes del funcionario enfatiza el poder del ritual por encima de la verdad última: la justicia se posa en la forma, no necesariamente en el fondo.
4. La “escuela de ¡Alarma!”: quién cuenta la historia manda
El monólogo del “periodista” remata el eje meta: sí exageraron “de a dos y hasta cientos”, pero —dice— “era necesario” para concientizar sobre prostitución infantil, trata y corrupción. Y remata: “Y no nos gusta darnos baños con agua de rosas ni tampoco estamos en los elogios mutos. Pero sí creo que nuestro trabajo cambió para siempre la manera de hacer periodismo en México y desde entonces todos los medios, incluyendo la radio y la televisión, han tratado de imitarnos”.
Ese guiño final convierte a los medios en coautores de la realidad: si el crimen horrorizó, el amarillismo lo mitificó y fijó una memoria colectiva de “las Muertas” que tal vez nunca podremos desmontar del todo. Pero su sentencia no se queda en el México de los años 70. Hoy en día resuena como un recordatorio de todos los que tienen la responsabilidad de informar a través de un medio de comunicación. Eso que en las clases de periodismo se llamaba ética y que pocos recuerdan con tal de ser “influyentes” o tener “followers”.
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5. Epílogos: el país después del escándalo

La serie cierra con tarjetas que normalizan la vida post-juicio: Simón sana y vuelve a hornear; Nicolás aprende zapatería; el Ticho carga bultos; Escalera presume flotilla de taxis; Bedoya arma su cuartel personal y manda en la cárcel; Arcángela y Serafina montan negocios dentro del penal y —se rumora— vuelven a amasar fortuna. La lectura es nítida: el sistema recicla a sus criaturas; el castigo no repara y la economía de la violencia encuentra nuevas formas de subsistir.
6. “Algunos hechos son reales… todos los personajes son imaginarios”
La última “tecla” la pulsa Ibargüengoitia: en la máquina de escribir aparece la leyenda “Algunos de los acontecimientos que aquí se narran son reales. Todos los personajes son imaginarios”. Es la firma autoral que funde documento y fábula. Estrada deja que sea el escritor quien baje el telón: lo que viste parece real, pero es una construcción literaria —y en México, sugiere la serie, la historia pública también lo es.
7) El eco final: “Soy María… 30 pesos”
El brevísimo remate —una mujer que se nombra y pone un precio— devuelve todo al ciclo de explotación: tras el estruendo mediático y judicial, la cadena de abuso sigue operando en voz baja. Es la puntada cínica (y tristísima) que alinea el final con la tesis de Estrada: cambia el encuadre, no el sistema.
Las Muertas cierra con un tríptico: juicio-espectáculo, medios que moldean “la verdad” y autor que recuerda que todo relato es artificio. La pregunta que nos deja no es quién fue exactamente culpable de qué, sino cómo fabricamos —y consumimos— la memoria de la violencia.
Las Muertas está disponible en Netflix desde el 10 de septiembre de 2025.
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