Cuando Eduardo Yáñez tenía apenas seis años de edad, su “casa” no era un hogar común. Por necesidad, pasaba gran parte de su tiempo en el Palacio Negro de Lecumberri, el histórico penal de la Ciudad de México, donde su madre trabajaba como celadora.
El actor reveló este fragmento de su infancia en una entrevista reciente con Sergio Mayer, para el podcast ‘Políticamente Imprudente’. Durante la plática abrió su corazón para referirse a algunos de los momentos más difíciles de su vida.
“Aprendí que hay que trabajar”, dijo Yáñez al recordar aquellos días en los que su infancia se desarrolló entre rejas y reclusos. Aunque ahora reconoce la crudeza de ese ambiente, en ese entonces vivía una especie de fantasía, como si su vida estuviera dentro de un cómic lleno de personajes peculiares.
Sin embargo, la lección fue clara desde el principio: si no quería terminar preso, debía esforzarse, trabajar y construir su propio camino.
Los reclusos le daban consejos a un pequeño Eduardo Yáñez
La madre del actor, ahora de 64 años, Maru, no tenía con quién dejarlo mientras cumplía sus turnos como celadora, por lo que decidía llevarlo consigo a Lecumberri. Aunque la situación podría parecer alarmante, Eduardo recuerda con afecto a los reclusos que lo trataban con respeto y hasta con cariño.
“Podía convivir con ellos, y además te daban consejos”, contó. “Ellos no tienen un niño ahí todos los días, cuando me vieron a mí decían ‘Doña Maru, préstame a Lalito’”.
Esta experiencia marcó el carácter de Yáñez desde muy joven. Sin una figura paterna, ya que nunca conoció a su padre, asumió que debía tomar responsabilidades muy pronto. Las enseñanzas dentro de ese penal, sumadas a las estrictas reglas de su madre, lo impulsaron a empezar a trabajar siendo aún un niño.
Tomó el control de su propio destino
El artista nacido en Ciudad de México nunca supo nada de su papá y, como único apoyo, tenía a su madre, una mujer fuerte que lo crio bajo una dura disciplina. El propio actor confesó que su madre solía pegarle cuando se portaba mal, una experiencia que, a su criterio, también moldeó su carácter y su forma de enfrentar el mundo.
A pesar del entorno complicado, Yáñez encontró formas de ayudar en casa. Comenzó a vender gelatinas y paletas, y más tarde, a lustrar zapatos en su colonia. Estas actividades no solo le generaban ingresos, también le daban la sensación de estar tomando control sobre su destino.
Cada pequeño trabajo era un paso más lejos de la vida que veía en la cárcel y más cerca del futuro que soñaba, y que logró materializar como un famoso y galán de telenovelas.
La sinceridad con la que Eduardo Yáñez habló sobre su niñez muestra el peso emocional que todavía carga, sin embargo, también deja ver la resiliencia de alguien que, desde tan joven, aprendió a enfrentar las dificultades con esfuerzo.
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